sábado, 24 de junio de 2017

El Regente Espartero en Albacete en 1843


1.- EL GOBIERNO A CABALLO EN ALBACETE. Hubo un momento fugaz en la agitada historia española del siglo XIX en que Albacete fue transitoria corte del Regente del reino. En efecto, durante trece días de los meses de junio y julio de 1843, se instaló en Albacete, junto con un ejército de unos 5.000 soldados, el cuartel general del regente Baldomero Espartero, tras haber abandonado Madrid en su propósito de sofocar los múltiples puntos de pronunciamiento moderado contra su gobierno. Un diario satírico de la época describiría la situación en los siguientes términos: 

“... en España tenemos ahora dos gobiernos, uno á pié en la corte y otro a caballo en Albacete, además de otros innumerables gobiernillos supremos que hemos establecido recientemente en cada ciudad de cada provincia”. [1]

Fue Galdós, en su episodio nacional “Bodas reales”, quien despertó nuestra curiosidad sobre esta misteriosa, desconocida estancia de Espartero en nuestra ciudad en los últimos compases de su regencia. Siguiendo la tradición de los historiadores liberales, para Galdós estos días de quietud del Regente en mitad de un efervescente conflicto habrían de merecer un juicio negativo: 

“Salió el hombre [Espartero], tomando la vuelta de Albacete, donde se paró en firme, con aquella pachorra fatalista que en otros tiempos había sido la pausa precursora de sus grandes éxitos y ya era como la calma lúgubre que antecede a las tempestades. (...) En su parada fatalista de Albacete, Espartero padeció la mayor equivocación de su vida”. [2]

En el presente artículo, pretendemos esclarecer las circunstancias a las que se refiere Galdós a la luz de las informaciones que nos proporciona la prensa de la época y la historiografía decimonónica posterior, con especial atención a la obra de tres notables historiadores de estirpe liberal, cuales son José Segundo Florez en su biografía de “Espartero: Historia de su vida militar y política” (1845), Antonio Pirala en su magna “Historia de la Guerra Civil” (1869), y Manuel Marliani  con su obra “La Regencia de D. Baldomero Espartero” (1870). [3]

2.- MOTIVOS DE LA MARCHA DEL REGENTE. Según opinión general de los citados historiadores, la salida de Madrid del Regente al frente de una  considerable expedición militar no obedecía, principalmente, a un plan de operaciones bélicas para combatir a los sublevados de Valencia y Barcelona. La verdadera causa, al parecer, se debió a una maniobra de dispersión de tropas a fin de evitar un enfrentamiento entre la fiel Milicia Nacional de Madrid y las tropas expedicionarias, de dudosa lealtad a Espartero. El historiador Pirala expone esta cuestión con las siguientes palabras:

“La marcha del regente fue también para llevarse las tropas que había en Madrid, e impedir un choque con la milicia que hubiera producido un grave conflicto y mucha sangre, y no quería el regente que se derramara una gota de la de aquellos nacionales que tantas pruebas de verdadero afecto le daban, y a quienes tanto consideraba”.  

3.- COMPOSICIÓN DE LA DIVISIÓN EXPEDICIONARIA. Según el biógrafo Segundo Florez, el Regente partió de Madrid con la siguiente comitiva: “Acompañaban al Conde-Duque en su expedición los ministros de la Gobernación de la Península y de la Guerra, el inspector Linage y un Estado Mayor brillante. Seguíanle algunas tropas de todas armas”.
 
De esta forma, las principales figuras políticas de la expedición serían Agustín Nogueras (ministro de la Guerra), Pedro Gómez de la Serna (ministro de la Gobernación de la Península) y Francisco Linage (inspector general de milicias y persona de confianza de Espartero). Las fuerzas expedicionarias estarían compuestas por cuatro regimientos de infantería y un regimiento de caballería.

Según el historiador Marliani, los regimientos que acompañaban a Espartero estaban compuestos por “tropas medio insurreccionadas, o a lo menos llevando en sí los elementos de la sedición”.  

4.- INCIDENTE EN LA RODA. En consonancia con el advertido escaso entusiasmo de este contingente militar, la marcha desde Madrid estuvo salpicada de continuas manifestaciones de descontento a lo largo de la ruta. En Ocaña, Corral de Almaguer, Mota del Cuervo, El Provencio, etc. se produjeron episodios de indisciplina, como el ocurrido en La Roda, que narra Pirala en los siguientes términos: 

“Supo el regente que entre los equipajes de algunos oficiales se hallarían las pruebas de su connivencia con la insurrección, y mandó que al llegar a La Roda, pueblo muy liberal, se registrasen aquello y se castigara con arreglo a ordenanza a los delincuentes; pero el ministro de la Guerra, Nogueras, encargado del cumplimiento de esta orden, más bien por generosidad que por debilidad, no usada esta nunca en aquel general siempre decidido, omitió el registro y se contentó con separar a algunos oficiales, dándoles pasaporte para Madrid”.
 
5.- ENTRADA DE ESPARTERO EN ALBACETE. La llegada de Espartero a Albacete no estuvo exenta para el regente de ciertas dificultades ya que nuestra ciudad se había sumado a los pronunciamientos moderados el día 12 de junio. El diario moderado “El Católico” de Madrid informaba de los preparativos de entrada en Albacete con fecha de 24 de junio:

“En el día de hoy ha llegado el duque de la Victoria á la Roda de donde es probable no salga tan pronto como pensaba, pues se han recibido fatales nuevas en el cuartel general. Un batallón que mandaron de vanguardia para explorar el estado de esta ciudad [Albacete] ha entrado en conferencia con nuestra junta y unídose al fin al pronunciamiento. Este batallón ha salido con destino á Valencia, quedando en ésta [Albacete] cuatro compañías y la Milicia Nacional, cuyas fuerzas con la junta se han dirigido en este día á las Peñas de San Pedro y castillo de Chinchilla”. [4]

A las puertas de Albacete, por lo tanto, veía el Regente cómo un batallón de su comitiva se pasaba al bando moderado, a la vez que la junta y la tropa pronunciadas en Albacete, lejos de rendirse o sumarse al ejército de Espartero, se retiraban a los cercanos fuertes de Chinchilla y Peñas de San Pedro. 

No obstante, el regente entraba al día siguiente, 25 de junio, en Albacete, acompañado de las autoridades de la ciudad anteriores al pronunciamiento, que habían huido de la capital y salido a su encuentro en La Roda. La entrada en nuestra ciudad no debió ser muy gloriosa a juzgar por las crónicas publicadas en la prensa moderada de la época: 

 “Albacete 25 de junio. Son las once de la mañana y acaba de entrar en esta ciudad el duque de la Victoria, en un coche-diligencia, precedido de cuatro batidores y seguido de una mitad de caballería: no puedo asegurar á Vds. quienes le acompañaban porque S. A. no se ha detenido un momento, y solo he podido ver al señor [Venancio] Gurrea. Se ha hospedado en la casa del señor [José]  Alfaro [Sandoval], sugeto muy adicto al Regente, y que ya otra vez le ha tenido en su morada. En el tránsito desde la puerta de la población hasta la casa no se ha oído más que un solo viva, contestado por algunas de las pocas personas que han ido a ver la entrada triunfal del Pacificador. Después S. A. no se ha dejado ver en el balcón como otras veces, sin duda por no sufrir el desaire que le hubieran hecho los que en otras ocasiones le victoreaban”. [5]

La cruda descripción de tan desairada escena contrasta con la voluntariosa versión oficial del mismo suceso, ofrecida en “La Gaceta” de Madrid el 27 de junio: 

“A las diez y media de esta mañana llegó S. A. el Regente del Reino á esta capital [Albacete], en la que fue recibido con el mayor entusiasmo por el pueblo y Milicia nacional, desmintiendo de este modo la idea equivocada que pudo formarse del buen espíritu de la población por los últimos acontecimientos que tuvieron lugar el 12 [de junio] del corriente. La despedida de La Roda y el tránsito por La Gineta fueron, como era de esperar, en extremo interesantes. Ambas poblaciones, sin distinción de clases ni de sexos, agrupadas á la inmediación de S. A., y sin dejarle apenas transitar, con millares de vivas y aclamaciones bendecían su nombre, apellidándole el padre del pueblo, el defensor de las libertades españolas y el conquistador de la paz”. [6]
 
Desde luego, a la vista de cuadros tan dispares, no cabe menos que concluir que la guerra propagandística era un arma bien engrasada en la España del siglo XIX.

6.- DISOLUCIÓN DE LA MILICIA DE ALBACETE. Los autores decimonónicos consignan, de manera destacada, las medidas represivas que Espartero aplicó con los sublevados de Albacete, acción, desde luego, a juicio de estos cronistas, muy alejada de las grandes resoluciones que la situación requería. Así, por ejemplo, reseña estos sucesos el biógrafo Florez: 

“Habíase pronunciado esta capital [Albacete] el 13 [de junio] al saber lo de Valencia; y si bien no había imitado a los insurrectos de esta ciudad, ni en los crímenes, ni en las exigencias reaccionarias, puesto que los de Albacete invocaban la Regencia de Espartero hasta el 10 de octubre de 44, un decreto impolítico del 27 declaraba disuelta y desarmada su Milicia, cerrando aquí ya el Regente o su gobierno, en este primer paso, todo camino a la conciliación entre los liberales pronunciados y no pronunciados”

Según esta nota, lejos de negociar una solución moderada con los sublevados en Albacete, el Regente disolvió y desarmó a la Milicia Nacional de nuestra ciudad el día 27 de junio. Dio Espartero aquí una palmaria prueba de su falta de tacto con una ciudad que se había sublevado sin violencia y con aceptación de su regencia hasta que la reina Isabel II cumpliera los 14 años, el 10 de octubre de 1844, según el plazo previsto por la Constitución vigente de 1837. 

Para el biógrafo Segundo Florez, la medida de Espartero fue una “ofensa a la Milicia nacional de Albacete” y un ejemplo de la falta de espíritu conciliador y carencia de sagacidad política del Regente. Los historiadores de la época convendrían en que Espartero ofreció, posteriormente, muestras de igual torpeza con otras ciudades sublevadas, en las que igualmente no se había pedido la deposición del Regente. 

7.- ESCARAMUZAS BÉLICAS EN TORNO A ALBACETE. En los días en que las tropas de Espartero estuvieron detenidas en Albacete, hubieron de aliviar su inacción con rendir la compañía sublevada que guarnecía el castillo de Chinchilla:

“Según comunicación del señor ministro de la guerra desde Albacete con fecha 27, (...) se dice que el día anterior se había sometido sin condición ninguna la guarnición del castillo de Chinchilla, que constaba de un capitán, dos tenientes, dos subtenientes, y cincuenta y dos individuos de tropa del provincial de Castellón, y un cabo de artillería”. [7]

En cambio, todo intento de intimar la rendición a las fuerzas sublevadas en el castillo de Peñas de San Pedro resultó infructuoso, dado que siempre era rechazado con arrogancia. 

En cierta ocasión, incluso, la negativa además de contundente resultaba amenazadora: “El castillo de las Peñas de San Pedro sigue por los pronunciados, y el comandante de él ha contestado que si le mandan otro parte para que se rinda, fusilará á su conductor”. [8]

Una importante preocupación del cuartel general de Espartero sería ocultar a sus propias tropas de Albacete las verdaderas noticias sobre los retrocesos militares de los generales esparteristas Seoane y Zurbano. El historiador Marliani refiere estas precauciones de la siguiente manera: “Cada día traía nuevos desengaños sobre las operaciones de aquellos dos generales, y se tomaban las mayores precauciones, para que esas noticias no llegasen a oídos de las tropas estacionadas en Albacete, cuya moral se hallaba muy predispuesta al desmayo”.
 
8.- CONSPIRADORES EN LA PROVINCIA. Espartero había dictado severas instrucciones para impedir el tránsito de pasajeros entre Albacete y Valencia, “de modo que desde Albacete hasta Almansa no pasa alma viviente”. [9]

Pese a tales medidas, el biógrafo Florez refiere  que el significado político antiesparterista Joaquín María López logró pasar disfrazado desde su ciudad natal, Villena, hasta Madrid, pernoctando en Tarazona de la Mancha y evitando la capital albaceteña y otros pueblos de la provincia adictos al gobierno. Joaquín María López había sido efímero Presidente del Consejo de Ministros de España en mayo de aquel año de 1843, cargo del que fue forzado a dimitir por Espartero y en el que sería repuesto transitoriamente a la caída del Regente. En sustitución de López, Espartero había impuesto como Presidente del Consejo de Ministros a su candidato Álvaro Gómez Becerra, quien no consiguió ser aceptado por el Congreso de los Diputados. No en vano, el pronunciamiento contra Espartero se había producido en muchas ciudades al grito de “Viva el ministerio López”.

Por cierto, que no podemos dejar de mencionar aquí a otro notable político y hombre de letras que también conspiró en contra del gobierno de Espartero y estaba especialmente vinculado a nuestra provincia por su ascendencia y nacimiento. Efectivamente, nos referimos a Mariano Roca de Togores, quien por peculiares circunstancias había nacido en la misma Casa de Alfaro,  en donde encontró alojamiento el regente durante sus atribulados días albaceteños.

Ya en una ocasión anterior, hemos reseñado la situación de abatimiento que en 1842 había inspirado al Marqués de Molíns el soneto “Mi patria”, en un contexto personal de fallecimiento de su primera esposa y frustración del levantamiento moderado de 1841, de cuya línea política se sentía partícipe.

Con esta nueva ocasión del pronunciamiento de 1843, Roca de Togores habría de despertar de su melancólico retraimiento, sintiéndose nuevamente atraído hacia la primera línea de la acción política durante la siguiente Década Moderada (1844-54). Así  refiere el biógrafo del Marqués de Molíns la metamorfosis experimentada por el ilustre albaceteño en la coyuntura histórica de la caída de Espartero: 

“Así, cuando casi toda España se levantó en armas, en 1843, contra la regencia del duque de la Victoria, mediante la coalición de partidos opuestos, el diputado de 1840 [Mariano Roca de Togores] reanimó su abatido espíritu, y abandonando su retiro, se asoció en Murcia á aquel grave acontecimiento político, y hasta llegó á formar parte de la Junta de salvación de Valencia, que así se llamaron las corporaciones que lo dirigieron en las provincias”. [10]

9.- DÍAS DE INACCIÓN EN ALBACETE. Pese a que el rumbo emprendido por su comitiva debía ser Valencia, a la llegada a Albacete el 25 de julio de 1843, el Regente decidió estacionarse en nuestra ciudad en espera del resultado de las operaciones militares de las tropas leales en la zona de Cataluña. Poco tardarían en llegar las funestas noticias de la retirada de las tropas de los generales leales Martín Zurbano y Antonio Seoane, incapaces de controlar la situación en Barcelona. A este contratiempo, habría de añadirse de inmediato la novedad del desembarco en Valencia del general Ramón María Narváez, cabecilla de la sublevación moderada en contra de Espartero. 

Entre tanto, Espartero queda paralizado en Albacete, incapaz de tomar una resolución decidida en medio del torbellino de adversidades. Esta inacción causaba extrañeza, estupor en la prensa de la época:

“Pero de repente la espedición triunfal se detiene y para de todo punto; y llega á Albacete, y de allí no sale, ni se mueve en muchos días; y el general Espartero con todo su prestigio, con todos sus manifiestos no puede arribar á Valencia, porque la tropa le abandona, el pueblo le asedia, la milicia nacional le combate, y en todas partes encuentra enemigos que le salen al encuentro y le cortan el paso; y entretanto ese gran político, ese famoso magistrado, ni avanza de miedo, ni retrocede, de vergüenza, y ahí está clavado, petrificado, sin ejército, sin pueblo, sin el cariño de los españoles leales”.  [11]

Hubo incluso prensa que se lamentaba de que, refugiado en “vergonzosa guarida de Albacete”, el Regente no hubiera respondido con su acostumbrado vigor: “Qué ha hecho por ventura, bien para atajar la insurrección, bien para intimidarla, sofocándola en un punto? Los boletines de su campaña se han reducido casi á estas palabras: el Regente  continúa en Albacete”‘. [12]

Los historiadores liberales habrían de coincidir, asimismo, en reprochar a Espartero sus días de inactividad en Albacete, sin optar por avanzar sobre Valencia, retroceder a Madrid, emprender otra vía alternativa...  El biógrafo Segundo Florez expresa así su desconcierto ante la inacción de Espartero: “Pero aquella inexplicable irresolución en que llegó a constituirse el jefe del estado en Albacete, aquella mortal indecisión, tan poco conforme a sus hechos gloriosos como general de los ejércitos, auguraban triste desenlace a tan terrible crisis, y un término fatal a la Regencia. Sin (...) emprender, en fin, plan alguno activo y salvador, con la resolución y la velocidad que demandaba lo apurado de las circunstancia, el Regente del Reino y sus dos ministros permanecieron no menos que trece días en Albacete con una división aguerrida y brillante”. 

10.- EL ESTADO DE ÁNIMO DE ESPARTERO. El biógrafo Segundo Florez lamenta que Espartero “permanece inmóvil en Albacete” y aventura que “este quietismo (...) es signo présago de ruina y de muerte”. Expresa el biógrafo su incomprensión porque “esa conducta es tanto más extraña cuanto que en las alocuciones de despedida que había dado en la corte prometió obrar de muy diversa manera”. El desaliento anímico de Espartero en estas circunstancias es descrito así por Florez: “el Conde-Duque parece como rendido en letal postración”

Ante una situación de sucesivos repliegues militares y continuas defecciones en el bando de sus tropas leales, Pirala interpreta que Espartero debía sentirse decepcionado por las numerosas defecciones en sus filas y la fácil retirada de sus generales de confianza. 
 
En algún texto de la época, se describe a nuestro protagonista sumido “en una indecisión mortal y en una irresolución inexplicable”. [13]

Según refiere su biógrafo Florez, a quienes preguntaban por la causa de esta inacción, respondía Espartero alegando que “él sólo era el regente del Reino; que no era el general Espartero; que por lo mismo nada haría sino lo que acordasen sus ministros”. Veamos cuál fue el parecer o consejo de sus ministros en esta delicada coyuntura.

11.- LA MARCHA HACIA SEVILLA. De acuerdo con Florez,  los únicos ministros presentes en “el llamado cuartel del Regente” eran los ya mencionados Nogueras y Laserna, quienes, al cabo de unos días, animaron a Espartero a tomar la “fatal resolución” de marchar hacia Sevilla, al refuerzo de las tropas del fiel general Juan Van Halen. Este general estimaba “como obra fácil y segura la pacificación de las Andalucías si le auxiliaban con más fuerzas” y, en respuesta a su solicitud y con el aval de los ministros de su comitiva, Espartero se animó a dejar Albacete el 7 de julio de 1843,  “emprendiendo su postrera y funesta expedición a las provincias del mediodía, cuando todos creían que su rumbo no podría menos de ser hacia Valencia”.

Otros ministros residentes en Madrid, como el ministro de Hacienda Juan Álvarez Mendizábal, se pronunciaron en contra del proyecto de marcha hacia Andalucía, si bien su dictamen llegó tarde para ser tenido en cuenta. Esta comunicación madrileña manifestaba  una opinión opuesta a la expedición de Andalucía y la inactiva permanencia en Albacete, abogando por que las tropas de Espartero reforzaran las fuerzas de Seoane en las inmediaciones de Valencia. Sin embargo, esta notificación se emitió el día 8 de julio, un día después de que Espartero hubiera emprendido su marcha de Albacete.  

Según refiere Marliani, cuando se supo que, levantado el campamento de Albacete, el Regente marchaba hacia Andalucía,  Madrid se quedó aterrada. El mismo autor da la cifra de 5.885 hombres que componían la fuerza expedicionaria que salió de Albacete en dirección a Sevilla. A las puertas de la capital andaluza, llegó la expedición de Espartero el día 23 de julio, uniéndose a las tropas del leal general Van Halen, con el propósito de rendir al ejército del sublevado Manuel Gutiérrez de la Concha, que se hallaba acuartelado en la amotinada Sevilla.

[1]Fr. Gerundio: periódico satírico de política y costumbres”, 3 de julio de 1843.
[2] Benito Pérez Galdós, Bodas reales, Capítulo IV.
[3] José Segundo Florez, Espartero: Historia de su vida militar y política, Tomo IV, 1845. Antonio Pirala, Historia de la Guerra Civil, Tomo VI, 1869. Manuel Marliani, La Regencia de D. Baldomero Espartero, 1870.
[4] “El Católico” de Madrid, 7 de julio de 1843
[5] “El Heraldo” de Madrid, 28 de junio de 1843.
[6] “La Gaceta” de Madrid, 27 de junio de 1843
[7]El Castellano” de Madrid, 25 de jumio de 1843.
[8] “Boletín de Noticias de la Posdata”, 6 de julio de 1843 (según nota emitida con fecha de 2 de julio de 1843).
[9] “Boletín de Noticias de la Posdata”, 6 de julio de 1843 (según nota emitida con fecha de 2 de julio de 1843).
[10] Francisco de Cárdenas, “Biografía del Marqués de Molins, académico de número”, 1892, capítulo III.      
[11] “La Posdata” de Madrid, 1 de julio de 1843.
[12] “El Heraldo” de madrid, 27 de julio de 1843.
[13] “Galería militar contemporánea”, Tomo II, Segunda Parte, p. 287. Madrid, 1846.